Historia

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Nicolás Valerio  Laguna: “abogado e instruido en asuntos de Derecho” *

Elena Perilli de Colombres Garmendia

Se ocupa este trabajo de las poco conocidas vida y obra del licenciado en leyes, Nicolás Valerio Laguna. Perteneciente a una familia destacada de Tucumán, fue un hombre  de larga actuación política, de ideas innovadoras y singulares en relación con el proceso de la Independencia.

Tenía una formación culta, como lo prueba su biblioteca, una de las pocas que existían en el Tucumán de entonces. Se  licenció en Córdoba y allí conoció las teorías de Francisco Suárez, expresadas en sus ideas, según  advirtió el sacerdote jesuita Diego León Villafañe, en 1809.

Tuvo notoria participación pública. Antes de estallar el movimiento de Mayo trabó contacto con los conspiradores. Posteriormente, declaró  su disconformidad con  que la Junta Central de Sevilla, se considerase la continuadora de la autoridad gubernativa. 

En junio de 1810,  al reunirse el Cabildo de San Miguel de Tucumán para tratar  los sucesos de Buenos Aires, Laguna sostuvo que se difiriese la resolución principal sobre el sistema de gobierno en las cuatro ramas de Guerra, Policía y Hacienda, hasta que la ciudad, villas y  lugares de la jurisdicción  expresaran su voto sobre el tema principal. De esta manera, se sentaba una convicción democrática y un concepto federal de gobierno que defendería en otros momentos.

Nuevamente volvió a destacarse en 1813, cuando integró la Soberana Asamblea en representación de su provincia. En ella, expresó instrucciones que pueden considerarse  la primera manifestación de un federalismo doctrinario, que luego consagraría la Constitución de 1853.

Después el licenciado Laguna  gobernó Tucumán  por dos veces, en 1824 y 1827.

           Fue uno de los hombres que se adelantó en la comprensión de los sucesos que desencadenaron la revolución. Sus ideas tuvieron plena vigencia en los debates de Mayo y en los sucesos posteriores del proceso de la Independencia. Es lo que hace conveniente revisar  su figura y su  pensamiento.

* Este trabajo fue presentado en el Congreso Extraordinario Vísperas de Mayo, organizado por la Academia Nacional de la Historia. Córdoba, agosto de 2008

Ideas revolucionarias

Nicolás Valerio Laguna nació en Tucumán en 1772, aunque otros investigadores llevan la fecha a 1778. Sus padres fueron Miguel de Laguna y Francisca Bazán, dueños de la casa donde se juró la Independencia en 1816. Se doctoró en leyes en Córdoba y, hacia 1797, se anotó en la matrícula de abogados de la Audiencia de Buenos Aires. Fue  confirmado por esa corporación y se  registró en Tucumán en 1799.

Su primera actuación pública data de 1805, cuando fue síndico procurador del Cabildo tucumano.

En febrero de 1809, los regidores  tomaron conocimiento de la carta del “Real y Supremo Consejo de estos dominios”, que contenía la noticia de haber elegido la Junta Central Suprema de España y de Indias. Se le juró acatamiento y se dispuso   iluminar el Cabildo por el acontecimiento.

Pero había criollos cuyos propósitos tenían absolutamente otra dirección. Era el caso de Laguna. Afirma el salteño  José Moldes que, cuando desembarcó en Buenos Aires en 1809, Florencio Terrada lo llevó a una reunión secreta “donde encontré a varios americanos que me dijeron trataban de la Independencia”. Moldes le dio noticias favorables a ese propósito y les informó de los sucesos de España. Luego viajó al interior “para propagar la idea en todos los pueblos de mi tránsito”. Habló en Córdoba con Tomás Allende; en Santiago con Francisco Borges, “en Tucumán con Don Nicolás Laguna “.

Que Moldes entrevistara a Laguna indica, obviamente, que era conocida la postura antirrealista del tucumano. En febrero, se registra otro testimonio en ese sentido. Proviene del jesuita Diego León Villafañe, a quien se había dado permiso para volver a residir en Tucumán. En carta a Ambrosio Funes, el 24 de febrero de 1809, expresa: “Poco antes que llegase el correo había estado conmigo el Licenciado don Nicolás Laguna, abogado y de  instrucción en asuntos del derecho del hombre, que no se encuentra fácilmente en otros. Me decía pues, que había Ley del Reino en que se dispone que en caso semejante  al que nos sucede  en el día, deben llamar diputados de  todas las provincias del Reino. Y la razón puede ser porque hallándonos sin Rey en el Reino, recae toda la autoridad gubernativa en el pueblo, y por consiguiente el pueblo, por sus diputados ha de decretar lo que se debe hacer en tal caso.” Decía más aún “que era violencia de nuestros derechos  el mandar lo que se ha mandado y ejecutado el día 12 del corriente mes; la jura de la Junta Central de Madrid”. Para Laguna se debía convidar a la  América, no mandar, porque un igual no puede mandar a su igual”. Más adelante, en 1810 y 1813, volvería sobre la idea.

A Villafañe le parecía peligrosa esta doctrina pero no dejaba de gustarle y simpatizar con ella, según afirma  Furlong. Consideraba que América debía velar por sí y tener cuidado de Europa, sobre todo de Portugal.

Esta verdad surgía de la doctrina populista de Francisco Suárez. Sostenía este jesuita que, faltando el rey, quedaba roto el contrato entre este y el pueblo, que había entregado la autoridad condicionada. Tal argumento fue el que usaron los patriotas en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. Como surge de las misivas transcriptas la expone un año antes Laguna y la acepta Villafañe, ambos educados en la escuela de Suárez en los claustros universitarios . Se suma así otro argumento  a la  tesis de que Suárez,  más que Rousseau, fue el filósofo que influyó en la Revolución de Mayo. No fue el Contrato Social, sino el Contrato Político, enseñado por el pensador español, lo que dio a los patriotas la clave para abrir las puertas a la libertad.

Terminaba Villafañe su carta diciendo: “He sabido que la Infanta doña Carlota del Brasil había escrito a este Cabildo de Tucumán, haciéndole saber que a ella le tocaba la regencia de estos Reinos en las circunstancias presentes. Este Cabildo no le ha contestado. A lo que oigo decir”.

La  Revolución de Mayo en Tucumán. Tesis de Laguna

Recién en junio se sabría  en Tucumán que una  revolución había depuesto  al Virrey Cisneros y que lo reemplazaba por una Junta., en Buenos Aires. El  Cabildo tucumano convocó a una reunión con asistencia de la “parte principal y más sana del vecindario,” tras leer el aviso de deposición del Virrey, se resolvió seguir la vía jerárquica. Obrando con cautela, decidieron consultar  al Gobernador Intendente, (ya que entonces Tucumán dependía de la Intendencia de Salta)   para que “advierta y prevenga lo que en tan críticas y apuradas circunstancias debe hacer esta ciudad”…y Entretanto suspendía  “la contestación a la Junta y excelentísimo Cabildo…”.

Dos semanas más tarde, un oficio del gobernador intendente Nicolás Severo de Isasmendi al Cabildo, manifestaba la resolución de obedecer a la Primera Junta de Buenos Aires, a la cual se enviaría cuanto antes el diputado que fuese elegido. El Cabildo de Tucumán debía seguir los mismos lineamientos que el de Salta. Con asistencia de 48 vecinos  entre españoles, licenciados y frailes, comerciantes y funcionarios,  a un mes exacto de los sucesos porteños el Cabildo resolvió adherirse.

Al tratar el los capitulares estos asuntos, tuvo saliente participación Nicolás Laguna. En desacuerdo, propuso que “se difiriese la resolución principal sobre el sistema de gobierno en los cuatro ramos de Justicia, Guerra, hacienda y Policía, hasta que la ciudad, villas y lugares de esta jurisdicción se reúnan física, moral y legalmente, es decir todas las clases que componen esta ciudad y su jurisdicción y que entonces expresaría su voto sobre el asunto principal y que interno no se mire a la capital de Buenos  Aires, con ánimo hostil sino que se continúe con la misma familiaridad e interés fraternal como se hacía antes del suceso (…) concurriendo con nuestras personas e intereses al auxilio de dicha ciudad de Buenos  Aires  cuando se viera combatida de alguna potencia extranjera, sin que por esto se entienda prestarle obediencia, sino solamente concordia con honor y sin bajeza”.

Esta propuesta de que la ciudad y su  jurisdicción  opinasen antes de resolver sobre la forma de gobierno, es citada por algunos estudiosos  como un claro antecedente “federal”.

Ricardo Jaimes Freyre señaló que Laguna fue el único de los concurrentes al Cabildo abierto del 25 de junio de 1810, que se opuso a la adhesión inmediata a la Revolución de Mayo, a la que hizo las referidas salvedades. Habría sido la suya la primera voz que se levantó  sosteniendo los principios del federalismo, mucho antes que otras más conocidas, como por ejemplo, la de Artigas.

En el mismo sentido, subraya  Manuel Lizondo Borda, que la tesis de Laguna era muy importante, ya que anunciaba una convicción democrática y un concepto federal del gobierno.

Según las actas, los cabildantes acataron lo resuelto por el gobernador. Pero Jaimes Freyre apunta que no fue tan sencilla la cuestión. Citaba el testimonio de  Salvador Alberdi en 1816 recordaba que había contribuido en el Cabildo del 25 de junio de 1810 “con el mayor acierto y felicidad a la unión de este pueblo con la capital, votando después que dieran el suyo más de la mitad que no gustaban semejante misión (…)”; había argumentado que el riesgo de invasión por otras potencias tornaba necesario la unión con Buenos  Aires y hacer causa común ante posibles amenazas. La posición de Laguna seguramente encendió los ánimos. Así lo probaba una carta que el Cabildo envió el 26 al gobernador Isasmendi.

Decía que “no faltó quien en su dictamen se mezclase a sostener unos principios sediciosos pidiendo se difiriese la solución sobre el plan de gobierno (que ni el Cabildo ha pensado en semejante cosa ni tiene facultad para ello) entretanto se citaba la gente de la campaña que para causar una moción popular no se necesitaba otra cosa. Esta perniciosa especie no ha cesado de propalarse y el vulgo de ánimo superficial está dispuesto a cualquier desastre: que para prevenirlo el Cabildo ha tomado la resolución de publicar un bando algo alarmante, sin perjuicio de las providencias que VS estime oportunas”.

Durante la posterior Guerra de la Independencia, un hermano de Laguna, el cura de Trancas, Martín Miguel Laguna, fue decidido partidario realista.  Se negó a apoyar al Ejército del Norte, e hizo pública su oposición a la causa patriota. Llegó a alistarse en las fuerzas del Rey, bajo las órdenes de Pío Tristán.

Años después, cuando Laguna presidía la Soberana Asamblea en un manifiesto,  advertía que los sucesos de mayo venían gestándose desde mucho antes. Decía: “No hay en la historia de los pueblos un solo acontecimiento que no sea el resultado de grandes y lentas combinaciones (….). Siguiendo esta invariable marcha que se observa sin interrupción en el orden  natural y político, la América no pudo sustraerse al influjo de las circunstancias y fue preciso que en 1810 se acordase de unos derechos que, para no comprometer su existencia con inútiles reclamaciones, había creído conveniente sepultar en el olvido. Más ya todo anunciaba la oportunidad de las quejas…”.

La Asamblea del XIII

En 1813 se vivían días dramáticos en el norte argentino. Hombres de Jujuy y de Salta dejaban su tierra  ante el avance de las fuerzas realistas y compartían con los tucumanos el optimismo derivado de la victoria de Belgrano en la batalla del 24 de septiembre de 1812. En ese ambiente, el teniente de gobernador Esteban Gascón suscribió las instrucciones que la diputación tucumana debía llevar a la Asamblea General Constituyente que se reuniría en Buenos Aires.

Por aquella época, afirma  Jaimes Freyre, la idea del federalismo,  imprecisa y brumosa, había ganado ya numerosos adeptos en todas las provincias. Sin el concepto definido de una organización política sólida y adaptable a las condiciones históricas y geográficas del país, los primeros federales solo encerraban en este pensamiento la aspiración a libertarse del centralismo opresor de Buenos Aires; pero el federalismo  echó hondas raíces en Tucumán.

Nicolás Laguna fue  designado conjuntamente con Juan Ramón Balcarce para representar a Tucumán en la Asamblea de 1813.  Por ello, solicitó al Cabildo  “por la justicia, honor y dignidad de la diputación con que VS ha querido honrarme, expuse que será necesario solicitar la aprobación de las presentes elecciones, por medio de oficios a los curas, del inmenso número de nuestros hermanos residentes en esta jurisdicción que es cuadriplicadamente mayor que el de nuestros ciudadanos”(…). Necesitaba tranquilizar su conciencia con la aprobación de la mayoría y si no se daba este paso no aceptaría la diputación. Como se advierte, era una postura similar a la que sostuvo en 1810: la ciudad no debía resolver sin una consulta previa al resto de la jurisdicción.

El pedido de Laguna fue satisfecho con una serie de comunicaciones, suscriptas por Pedro Bernabé Gramajo, dirigidas a las villas, pueblos y lugares del interior de la provincia. Disponía que los alcaldes convocasen a los vecinos para aprobar la elección de diputados. Cumplidas las formalidades,  se comunicó el asentimiento al Gobierno Central.

De acuerdo a las instrucciones que le dio el Cabildo, el diputado Nicolás Valerio Laguna debía sostener, el régimen federativo en la Asamblea, según los lineamientos de  la Constitución de EEUU. “La he visto y la tengo a la mano -escribía el Laguna- no daré lugar sino a la Confederación”.

En uno de sus puntos, el octavo, las instrucciones decían: “Que para formar la Constitución Provisional se tenga presente la del Norte de América para ver si con algunas modificaciones es adaptable a nuestra situación local y política”.

Para Alberto G. Padilla, las pautas tucumanas quedaron  desplazadas por las que trajeron los diputados de la Banda Oriental. Pero estas no contenían una idea que encerrara esa gran fuerza bienhechora que  expresaban  las instrucciones de Tucumán. Estas conducían a explicar que el federalismo no implicaba un aislamiento cerril, sino que requería la coexistencia de autoridades nacionales, con facultades para alcanzar los grandes fines de interés común, con las autoridades de cada provincia, elegidas por sus propios habitantes.

En sus Memorias, el Director Supremo Gervasio Posadas analizó un oficio de Laguna al Cabildo tucumano que resulta interesante comentar. Sostenía Laguna que: era “llegado el tiempo de tratar sobre el sistema de leyes fundamentales o dígase pacto social bajo el cual quedarán unidas o confederadas o sujetas las provincias entre sí o relativamente con la de Buenos Aires”. Estimaba que la dignidad de los pueblos libres no era compatible con la servidumbre, y advertía que,  en su calidad de diputado “tratará de sostener la majestad de su pueblo y no dará lugar sino a la  confederación, de manera que fijándose los deberes con que el Tucumán queda con respecto a las otras ciudades se conforme y no se destruya la soberanía de nuestra ciudad”.

Laguna consideraba puramente provisionales el gobierno y las disposiciones de la Asamblea, hasta el dictado de la Constitución definitiva. Tucumán no aprobaría ciegamente todos los actos; criticaba el esfuerzo de algunos en “el ímprobo empeño de hermanar lo nuevo con lo viejo, lo republicano con lo monárquico, lo racional con lo despótico y la libertad con la servidumbre”.

Mientras la Asamblea deliberaba, Laguna redactó su propio proyecto y explicó allí lo que significaba federación. Decía que “la unión, significa el contacto de partes realmente distintas y separadas, tal cual en materia física se demuestra por el aceite y el agua y en la política por la federación de los EEUU, cuya constitución  he visto y tengo ya a mano” (…). Afirmaba que  quien juró Provincias Unidas no juró la unidad de las provincias  sin la identidad, sino la confederación de ciudades En la política, este principio se expresó en los Estados Unidos y su federación, y el artículo 8º de las Instrucciones tucumanas ordenaba a Laguna seguir este criterio.

Padilla adjudica a Laguna un proyecto, que sería el que  encontró posteriormente José Luis Busaniche.  Se titulaba “Plan de una Constitución Liberal Federativa para las Provincias Unidas de América del Sur”. El contenido del mismo corresponde a lo expuesto por Laguna, y contenía una entremezclada traducción de los artículos confederativos y de los contenidos en la Constitución de Filadelfia.

Sólo pocas disposiciones modificaban la de los documentos norteamericanos. Por ejemplo, al referirse al Poder Ejecutivo, el proyecto decía que debía “turnar” periódicamente en cada una de las provincias. Seguramente el propósito era asegurar al interior  que el Gobierno no sería solo desempeñado por hombres de Buenos Aires.

En septiembre de 1813, Laguna fue elegido vicepresidente de la Asamblea. Durante  su gestión se  aprobó un Reglamento de Justicia.

En el Reglamento que suspendía las sesiones hasta la reunión de los diputados y restauración de las provincias del Alto Perú, la Asamblea  ordenó conformar  una comisión de cinco miembros con dos  en calidad de suplentes. Se designó a: José Valentín Gómez (Bs. As.), Tomás AntonioValle (San Juan), Pedro Pablo Vidal (Jujuy), Ramón Eduardo Anchoris (Entre Ríos), Vicente López (Bs. As.), secretario y como suplentes, primero a Pedro Ignacio Rivera (Mizque) y segundo a Nicolás Laguna (Tucumán).

Posteriormente Laguna integraría la Comisión Permanente, en carácter de vocal, cuando fue elegido Director Gervasio de Posadas, le acompañaba otro tucumano, Bernardo Monteagudo. Con Moldes, de Salta, se opuso a todos los ataques  contra la Iglesia y sus instituciones.

El director Posadas no guardaba especial simpatía por el abogado tucumano. Juzgaba  que sus opiniones estaban en contra de la voluntad general, que eran fantasiosas y que no se las entendía. Quiso retratarlo en una frase sarcástica:“Nicolás Laguna, licenciado en metafísica y de consecuencias ininteligibles.” Al señalar las desavenencias en el seno de la Asamblea, Posadas  opinaba que sembraban discordia y desunión de las provincias. Consideraba “absurdo emplear por el bien de la patria hombres que no tengan algún interés en defenderla. Los ingenios más brillantes al parecer, son ordinariamente los menos sólidos, creen que todo es debido a sus talentos superficiales. Bajo el pretexto de que todos los hombres nacen iguales, buscan confundir sus clases y no predican esta igualdad sino para dominar ellos mismos”. A su criterio  debía atribuirse a Artigas y a hombres como Laguna las ideas de autonomía de algunas partes de las Provincias Unidas.

En enero de 1815, como presidente de la Comisión Permanente, el doctor Laguna  aprobó la acción del Director respecto al Ejército del Norte comandado por Rondeau. Es de creer que, a pesar de las reservas de Posadas, tuvo Laguna prestigio entre los diputados.

Fue Laguna  quien recibió al nuevo Director Supremo, general Carlos de Alvear, y  también quien firmó los dos manifiestos con que la Asamblea alentó a los pueblos ante la incertidumbre de la guerra y el regreso de Fernando VII al trono.

  Posadas opina que, a su tiempo, el tucumano recogió el fruto de su  extravagante y perniciosa doctrina, pues en abril de 1815 renunció Alvear al Directorio y la Asamblea (de la que era miembro directivo Laguna) designó en el gobierno a tres personalidades: José de  San Martín, Matías Irigoyen y Nicolás Rodríguez Peña.  Pero el pueblo de Buenos Aires mandó “a pasear” a los diputados,  puso en ejercicio la soberanía de todos los pueblos o la reasumió en sí, y no quiso admitir a los nombrados, ni permitió que se reuniese más la Asamblea.

Pese a estas críticas de sus contemporáneos Jaimes Freyre hace notar que Laguna, en 1813, se pronunció con memorables discusiones contra la soberanía de aquel cuerpo, fijando los límites del juramento de obediencia prestado por los pueblos. También definió con citas de Rousseau y de los textos sagrados, el derecho de los ciudadanos en presencia de los acuerdos de sus representantes y acabó por sostener el sistema federal de gobierno.

Agrega este historiador  que su intransigencia  ocasionó a Laguna  graves disgustos y amenazas. Como las de Monteagudo, quien lo injurió violentamente, y de Balcarce, quien lo amenazó darle de puñaladas si votaba  con arreglo a sus instrucciones. Finalmente,  Laguna presentó su renuncia y regresó a Tucumán.

Por su parte, el ex jesuita Villafañe dijo, sobre  la Asamblea de 1813, que celebraba que Moldes, de Salta y Laguna, de Tucumán se hubieran opuesto  a todos los ataques de los libertinos contra la Iglesia y sus instituciones y que no siguieran la tendencia libertina que se apoderó de la dirigencia asimilada a las ideas laicas de la Revolución Francesa.

En julio de 1813, comentaba  Villafañe los males de su época. “Le envié los meses pasados al Diputado Laguna un papel, encargándole se imprimiese y circulase; el no lo ha hecho  y la razón habrá sido el motivo que mueve a vuestra merced a callar. No se puede anunciar a los pueblos con la estampa, la verdad, sin embargo, de la libertad de imprenta”.

La República de Tucumán

En 1820, Bernabé  Aráoz  organizó la “República de Tucumán,”  de acuerdo con su plan de autonomía. El 24 de septiembre se juraba la Constitución de esa “República”  y el 27 se procedía a la elección  de un representante para el Congreso de Córdoba. La designación recayó en Nicolás Laguna. Fue elegido por una  junta ad-hoc, con electores de  la ciudad y la campaña, que nombró  a tres de sus miembros para redactar las instrucciones.

Laguna aceptó pero impuso condiciones, “porque he conocido que mis sentimientos no están apoyados por la voluntad general. Las contradicciones públicas que he experimentado a todas las ideas que he expresado no prueban otra cosa”.

Era un hombre independiente y altivo, apunta Jaimes Freyre, que se adaptaba con dificultad a las circunstancias y solía provocar disensiones y conflictos por el invencible apego a sus propias opiniones. Gozaba, sin embargo, de prestigio por su ilustración y honorabilidad. Y durante muchos años su nombre fue invocado en las situaciones más arduas. Rechazó muchas veces gobierno y honores y nunca se vio que los aceptara sin real o aparente disgusto   

Para evitar nuevos conflictos, Laguna exigía determinadas instrucciones antes de partir para Córdoba. “Si no he de llevar todo hecho por la honorable Junta Electoral-continuaba- de manera que en menos de dos horas se concluya con la comisión y diputacía ni a mi pueblo es útil mi diputacía  ni a mí me es permitido hacer un papel que se envuelva en contrariedades y repugnancias”.

La Junta dispuso que la comisión nombrada acelerase el despacho de las instrucciones, y se declaró “Asamblea electoral permanente” por todo el período del Congreso. Pero pasaba el tiempo y las instrucciones no eran formuladas en los términos que quería Laguna. Así, el diputado no partía y la renta destinada a sufragar  dieta y viáticos  se empleó para otras urgencias. Los representantes en Córdoba reclamaban por la demora;  también el gobierno y el Cabildo de Buenos Aires.

Terminada la guerra con Salta y Santiago en abril de 1821, el diputado Laguna, fue emplazado  para que emprendiera su viaje. Declaró, entonces, que no se había llenado plenamente la condición impuesta por él desde el principio, y persistió en su negativa.  Fue Aráoz el que puso término a la situación, resolviendo que la Junta se conformase con los deseos del diputado o que se eligiese a otro. Al fin, renunció Laguna, argumentando en que su estado de salud le impedía salir de Tucumán.

La gobernación

En noviembre de 1823, Diego Aráoz presentó su renuncia al cargo de gobernador de Tucumán, cansado quizás con  los avances del coronel Javier López e inquieto por las conspiraciones de Bernabé Aráoz, estima Jaimes Freyre..  La Junta resolvió aceptar la dimisión el 17 de noviembre, y de inmediato eligió gobernador a Nicolás Laguna, entonces Juez de Alzada, por unanimidad de votos y por un período  de dos años, con sueldo de $ 2000 anuales. En una consulta sobre sus atribuciones judiciales, se le acordó la facultad de juzgar en apelación los asuntos civiles y criminales,  con la asistencia de un asesor responsable, en mancomún con el magistrado y en arreglo, en lo posible, al reglamento nacional de 1817.

Laguna creía necesario que el gobernador tuviera honores, distinciones e  insignias especiales. La asamblea  estableció que el gobernante tendría el grado de coronel mayor, el título y honor de capitán general, el tratamiento de señoría, y como insignia pendiente en el pecho, una cinta celeste y blanca. Además, una medalla de oro con las armas de Tucumán y el lema “Poder Ejecutivo. Provincia de Tucumán”.

Tras asumir, Laguna no aceptó la renuncia de Diego Aráoz y lo confirmó en el cargo de general en jefe y comandante general de armas de la provincia.

La Sala dejó al Ejecutivo el encargo de completar la obra de reorganización de la provincia, a fines de 1823. Lo autorizó  para entender en todos los asuntos de interés público, con sujeción al reglamento nacional de 1817.

Laguna, ayudado por su secretario el doctor García, modificó el Reglamento de Justicia y estableció un derecho de 4% sobre la extracción de oro y plata. Además, quitó al Cabildo sus rentas: le dejó  solamente el derecho de vigilar su percepción. Para sus necesidades, debía solicitar fondos específicos. También suprimió los bandos, y ordenó que los documentos fuesen publicados en un  Registro Oficial.

A un mes de la clausura de la Legislatura, llamó a sesiones extraordinarias,  y luego renunció por “insuficiencia para llevar adelante la obra que se le había confiado”. La Junta rechazó la renuncia y, ante una nueva insistencia y nueva negativa, Laguna dejó de asistir al despacho. En presencia de  esta “amenaza antisocial” cedió la Legislatura, porque era preferible “prevenir el crimen que andar a la caza del delincuente”, se eligió gobernador al coronel Javier López.

No terminó entonces la actuación pública de Laguna. Rechazó, en  1826, una diputación por Río Chico, y en 1827, “ante la gravedad de las circunstancias,” la Sala volvió a nombrarlo gobernador. Dejó el cargo el 27 de abril del año siguiente, porque consideraba que la situación “exigía medidas cortantes y estrepitosas de las que lo apartaban su genio y estado”. Consideraba asimismo que el orden debía ser restablecido por otras personas. Ya no se ocupó de otras cuestiones oficiales. Desalentado por las luchas intestinas, se  recluyó en su estancia de Tafí del Valle. Fijó su residencia en la vieja “sala” que había heredado de su padre, quien a su vez la adquirió a la Junta de Temporalidades en remate público. Allí vivió por espacio de diez años. Regresaba a Tucumán sólo esporádicamente. Lo hizo por última vez cuando se sintió gravemente enfermo, para fallecer  el 12 de junio de 1838 a los 66 años.

El testamento

En su testamento, Laguna declaraba ser soltero, y que sus bienes eran un sitio, una almona y el potrero de Carapunco en Tafí, entre el Potrero de la Angostura y el de la Ciénega (que partieron y enajenaron las Temporalidades de los Jesuitas), con todas las especies y ganados.

Instituyó herederos a su sobrina Mercedes Zavalía, y a su sobrino nieto, Fernando de  Zavalía. Por una de las cláusulas daba la libertad a sus esclavos Esteban, Saturnino y Micaela, con sus cinco hijos. Sus albaceas eran la citada Mercedes, y Pedro León Zavalía.

La plata labrada que no era de su madre, y la plata sellada,  quedaron para doña Mercedes. También las tablas de cedro, para acomodar la grasa de la matanza y tres pailas grandes.

A su sobrino Fernando dejó los cueros, los libros con estante y su cuja.

La biblioteca

En el expediente sucesorio de Laguna, se incluía una tasación de los libros de su propiedad. Fue practicada por los doctores Marco Avellaneda y Fabián Ledesma.  En la nómina, que se reproduce, advertimos que no había libros “prohibidos”. Poseía, en su mayoría, tomos sobre Teología, Derecho, Historia, Filosofía, además de obras de  entretenimientos, vocabulario o manuales de salud y comercio.

Expresa el inventario y tasación:

Un diccionario castellano de edición antigua…..

Barbosa.                                                                                    

Berti Teología, siete tomos,                                                        

El maestro Antonio Gómez, Derecho, con  dos volúmenes de a folio en siete                                                                       

Godofredo Corpus Iuris Civilis : en dos tomos                             

Corpus Iuris canonici, dos tomos a folio                                    

Santo Tomás Disciplina Eclesiástica tres tomos a folio en pergamino                                                                                       

Política de Bobadilla: dos tomos en pergamino a folio                    

Vocabulario de Nebrija                                                                     

Arte Teología

La bula de la Iglesia (Sena): un tomo                                                             

Basán Praxis Chriminalis: un tomo                                                  

Recopiladas de Indias: tres tomos (trunca)                                         

Índice de las  leyes                                                                             

Un libro de Teología sin principio ni fin                           

Moral Cristiana                                                                                      

Ágora de particiones                                                                           

Paz Praxis Eclesiástica                                                                          

Annato Teología                                                                                     

Balenci Decretales: un tomo en cuanto mayor                                        

Bossuet Defensa de la Tradición                                                            

Goaudin Filosofía: en tres tomos                                                             

Monaceli: cuatro tomos en pergamino                                                     

Obras de Kempis: tres tomos                                                                 

Baldasi                                                                                                  

Diferencia entre lo temporal y eterno                                                      

Ejercicio de  perfección: un tomo                                                          

Los oficios de Cicerón                                                                             

Cicerón Cartas                                                                                         

Conde de la Cañada Apuntamientos                                                         

Catecismo Romano                                                                                   

Panegírico de Plinio                                                                                   

Cabarrubia Recurso de fuerza                                                                    

Concilio de Trento, en pasta                                                                        

Fuero viejo de Castilla                                                                                

Rivadeneira Patronato Indiano                                                                    

Suma de Santo Tomás: siete tomos en pasta                                                

Provisión: seis tomos en pasta                                                                      

Beraut Historia Eclesiástica: veinticuatro tomos en pasta                          

Muratori                                                                                                        

Pasatiempos de Rivadeneira                                                                          
Aumento del Comercio: un tomo en octavos                                                   

Fidei Analisis: un tomo                                                                                  

Bossuet Defensa del clero                                                                                

Pérez, Catecismo: dos tomos pasta                                                                  

Iraisos Ceremonias: un tomo                                                                             

Lucherne                                                                                                           

Conservador de la salud                                                                                    

Rudimentos Históricos, trunco                                                                           

Sandini: cinco tomos en octavo                                                                          

Compendio de la Historia de España, trunca                                                      

La Biblia: en octavo                                                                                           

Cinco legajos impresos                                                                                        

Bidaurre    

                                                                                                          

La biblioteca fue tasada en 198 pesos y 1 real.                                                                                                               

El expediente consignaba que a las doce de la mañana de 13 de agosto de 1838 se concluyó el inventario de libros habiendo trabajado tres horas cada uno de los tasadores.

Conclusiones

A nuestro juicio, reviste interés escudriñar la trayectoria de Laguna, tema sobre el que este trabajo sólo acerca algunas noticias. Se lo puede considerar un precursor, en materia de las ideas que sustentaron el no acatamiento ala Junta de Sevilla y el reemplazo del Virrey.

Constituye igualmente un aporte precursor y singular, su postura sobre la ingerencia obligatoria de las villas y pueblos en las decisiones políticas graves que tomase la ciudad.

Es asimismo importante su rol en las “instrucciones” de 1813, que defendió en la Asamblea esta figura, nada vulgar por la firmeza de sus ideas y por su ilustración. 

Bibliografía

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