Quiero presentarme: soy más vieja de las casas de este bendito Valle de Tafí, me comenzaron unos padres jesuitas al comienzo de 1700; con los pocos materiales que encontraron me asentaron con tapia de adobe, sobre inmensas piedras, algunas quedaron como escalones en la puerta principal, cuya llave, no es simbólica, sino auténtica porque todavía hoy luego de años aún se la usa. Como había pocos clavos metálicos mis techos son atados con tiento y los pernos que los aseguran son también de madera.
Soy un rústico convento al que transforman en galpones y graneros rurales cuando los padres de la Compañía de Jesús se pasan a la Banda. Me confiscan junto con todos los bienes de la Compañía, por culpa de un celoso rey de España.
Me administra una Junta de temporalidades por un corto tiempo pues salgo remate y me compra un señor muy importante: Don Nicolás Valerio Laguna. El vio nacer la patria cuando en su casa materna se juró un 9 de julio la Independencia Argentina. Me puso piso de madera en su dormitorio y trajo su alta cuja, me adornó con los mismos pisos de la Casa Histórica. Quería morir bajo mi techo pero los familiares le llevaron a la ciudad, como era soltero le dejó la casa a la sobrina que lo cuidó hasta el final: Doña Mercedes Zavalía Laguna, pero venían todos sus hermanos.
Se pelearon por mi los bandos de federales y unitarios. Figura en los archivos históricos que me salvo don José Agapito Zavalía, en agradecimiento me lega a una hija suya: a doña Margarita Zavalía Estévez, ella me agranda y cobija muchos nietos.
Me vuelven a sacar a remate y me compra su hijo don Ángel Miguel Estévez con la dote de su señora doña María Maciel de Estévez. Me disfrutan 6 meses, desde noviembre a mayo. Cuando se casa su primogénito: Eusebio Estévez, me engalanan en para la gran boda. Cuando se pudo traer el techo por la quebrada me dejaron de repajar. Me rodearon de veredas y de terrazas pues antes el jardín perfumado de claveles llegaba hasta los pies de mi galería. Los grandes adelantos son en los baños, aunque el viejo baño tenía calicanto todavía. Toda la familia se junta los veranos, hay muchas generaciones juntas y todos son tan felices!!!. Siempre hay lugar para un catre más.
Me usan para las fiestas de carnaval, para los asados con tabeada a beneficio de la Iglesia, Parroquia y del Club. Poco a poco me voy odeando de casas y la Villa crece frente a mí. Mi familia dona para los padres Lourdistas, para la Iglesia, para el Correo, para la plaza, para la escuela, para el hospital, para los familiares, para el automóvil Club etc, etc. Cuando hacen el puente en los años 70 ya dejan de venir todo los vehículos que no podían cruzar el río por las crecientes.
Cuando muere doña Amalita, me hereda su hija menor: Sarita Estévez de Peña. Los Peña de modernizan con cañería nueva, con electricidad embutida, pasó a tener cocina incorporada, se conectan las habitaciones viejas con el nuevo comedor donde se me había cedido el cimiento y me ponen un piso de lajas. Como ya hay camino ya se puede traer de todo lo más nuevo de la ciudad. Inés, su hija mayor viene para no dejarme, a ponerme bonita, me llenan de libros y de cuadros, vienen Peñas de todas partes a las Navidades, sigo siendo el lugar de reunión de la familia.
Y llegó el año 2000, y cumplí los 300 años y en el 2001 otra vez me remodelan, esta vez me cambian todas las instalaciones, pasó a tener como 11 baños y me preparan para compartirme al convertirme en la primera Estancia Jesuítica abierta al turismo del norte del país. Este nuevo emprendimiento de los Peña que andan dispersos por el mundo, uno en Holanda, otro en España, varios en Buenos Aires, todos se esmeran en dejarme con todo el confort, se queda Marcela con sus hijos a cuidarme y a trabajar para que los huéspedes sean tan felices como todos los que pasaron momentos especiales bajo mi techo.